
Ser congresista, representante, parlamentario, diputado o senador, siempre ha sido un cargo de mucho prestigio, al que aspiraban los mejores ciudadanos, que aparte de serlo, eran dirigentes políticos de partidos con ideología, principios, estatutos y programa de gobierno. Esto es la aspiración, y en determinados momentos, en el Perú ha existido este tipo de ciudadanos que hicieron épicas jornada en el hemiciclo del parlamento o congreso.
Si esta es la imagen del congresista que esperamos tener como representante de nosotros, los electores, lo que hoy tenemos en el congreso de la república es todo lo contrario. Los que dicen que la Plaza Bolívar hiede, no exageran. Pero no es por el excremento de los gallinazos que merodean el lugar, sino de la miasma hedionda que efluye desde en el interior del autodenominado “primer poder del estado”.
Que mejor que corroborar la podredumbre moral de este “primer poder del estado” que personificarlo en un congresista en ejercicio y, que para vergüenza de los que vivimos y somos ciudadanos de Ayacucho, representa a esta región de hombres valerosos como Basilio Auqui y Andrés Avelino Cáceres o ilustres parlamentarios como Alberto Arca Parró.

Nos referimos a German Adolfo Tacuri Valdivia, congresista electo en la plancha de Perú Libre, que en su desparpajo se presentó ante sus electores como “maestro, luchador social y honesto”, esto último, totalmente falso, ya que desconoce lo que es la honestidad.
